Ranas, Cthulhu y chavales para el relato de cumpleaños

Matarranas (relato de cumpleaños, 2017)

En el verano del 2015 se alinearon dos hechos. Primero, estaba en un descanso de las novelas, tras haber terminado una historia juvenil y antes de lanzarme al último tirón de El Libro de Lucian. Segundo, desde la asociación Nocte pidieron colaboraciones para una antología de relatos sobre los Mitos de Cthulhu (que nunca llegó a materializarse). Y yo quería colaborar, pero no me apetecía escribir algo oscuro y horrible. A mí me apetecía escribir algo desenfadado, inocente y repleto de guiños. Así que cogí mi idea, y me fui a los años setenta con unos chavales de pueblo. Después ha resultado que eso es un concepto super guay y genial (véase Stranger Things), pero ya os adelanto que esto no es ninguna maravilla retro. Es simplemente mi pequeño homenaje mestizo a los Mitos. Espero que lo disfrutéis.

Matarranas

1.

—El profesor Aucoin es escoria.

Tayler, John y Landon se miraron con seriedad y asintieron con fuerza.

—Escoria, tíos —repitió Tayler— Es tan… asqueroso.

—Escoria —confirmó John.

—Escoria —dijo una vez más Landon, pero por la mirada que le lanzaron sus amigos ya era tarde. Siempre iba a remolque, no había forma.

—¿Y se puede saber por qué es escoria?

Los tres chicos de doce años prácticamente dieron un salto al escuchar una voz más adulta a sus espaldas, pero afortunadamente no totalmente adulta.

—Olivia —gruñó Tayler—. Esto es una conversación privada.

—Por supuesto que sí, pequeñín —asintió Olivia palmeando la cabeza de su hermano como si fuese un perrito.

Tayler gruño, pero no se atrevió a hacer nada más. Ya sabía cómo acababa la historia. Él le apartaba la mano, ella volvía, él trataba de darle un manotazo y ella lo tiraba al suelo y se sentaba encima diciendo alguna variante de «oh, el niñito se ha enfadado». Pero algún día sería más grande que ella. Más fuerte. Aunque su hermana le sacase cuatro años. Algún día. Mientras, sólo podía limitarse a gruñir.

—Hola, Olivia —saludó Landon con cara bobalicona.

A él sí le daría un buen puñetazo en el hombro. En cuanto Olivia se quitase del medio.

—Hola pequeñín. Ronronea —dijo su hermana, acariciándole un segundo la barbilla a su amigo antes de continuar su camino.

Landon se puso rojo como un tomate. Como un volcán. Hasta que el puñetazo de Tayler le devolvió a la realidad.

—Deja de mirarle el culo a mi hermana.

—No le…

Otro puñetazo le interrumpió.

—Caballeros, no dejemos que una mujer nos aparte de nuestro odio —intercedió John, logrando más o menos devolver la paz, aunque Tayler amagó un tercer golpe—. Aucoin.

—Escoria.

—Eso es.

En realidad hasta hace dos días el profesor Aucoin no era escoria. Tampoco era el profesor más interesante del mundo. Simplemente era el tipo que les daba biología, un tío estirado, con camisa y pajarita. Pajarita. Por Dios. Estaban en los Setenta. El hombre había llegado a la Luna. Y los chicos tenían totalmente claro que, cuando el mundo está cambiando delante de tus mismos ojos, una pajarita era algo que quedaba rancio hasta en Smoke Toad, Lousiana. En cualquier caso, el problema no surgió hasta que dijo que iban a diseccionar ranas. Inicialmente nadie puso pegas. ¿Quién no había destripado una rana de una pedrada en algún momento u otro? Vivían a orillas del Misisipi. Ahora tan sólo lo harían de forma más ordenada. Pero entonces Samantha Moteau dijo que no estaba dispuesta. Los padres de Samantha eran un poco hippies, así que a nadie le sorprendió mucho. Paz y amor, no a la guerra. Los chicos de su pueblo tampoco se preocupaban demasiado de esas cosas. El profesor Aucoin le dijo, con toda la lógica del mundo, que si no diseccionaba a la rana la suspendería. Y ella le respondió que era un bárbaro y que todos debían negarse a matar a un ser vivo, que eso no era ciencia, sino crueldad. Que las ranas no merecían morir. Cosas así. Tayler estaba bastante seguro de que lo traía aprendido de casa. El caso es que Samantha terminó en el despacho del director, y la cosa habría concluido así si no fuese porque al imbécil de John le gustaba Samantha y había decidido que era el momento de ser su héroe. Y, como no se deja solo a un amigo, ahora el profesor Aucoin era escoria y ellos tenían que pensar en cómo sabotear la clase de disección en los cinco días que quedaban hasta ella.

—Bueno, ¿qué opciones tenemos? —preguntó Tayler en cuanto estuvieron acomodados en su casa del árbol, una plataforma de tablones sin techo que habían construido sobre un enorme magnolio y que se sostenía precariamente sobre las aguas del río. Habían dejado las bicis abajo y tenían toda la tarde por delante para aclarar las ideas.

—He estado pensando —comenzó John, que al fin y al cabo era el más interesado en que eso saliera bien— que podríamos hacer una manifestación, como la gente en Washington por la guerra. Pancartas. Esas cosas.

—Vale, pero sólo somos tres —objetó Tayler.

—Cuatro con Samantha —insistió John—. Quizás más, si convence a alguna amiga.

—A lo mejor tu hermana quiere colaborar —sugirió Landon.

Tayler se limitó a contestar a eso con un puñetazo.

—Te he dicho que no pienses en mi hermana. Y espero que tengas una idea mejor que esa, capullo —amenazó.

—Veneno —sugirió Landon—. Ponemos veneno.

—¿Al profesor? —preguntó John con los ojos como platos.

—No, tíos. No estoy loco. A las ranas.

Se hizo un tenso silencio, en el que las miradas de incredulidad de Tayler y John trataron de borrar la expresión de triunfo de Landon sin éxito.

—Vamos a ver —suspiró finalmente Tayler—. ¿Estás sugiriendo que matemos a las ranas para que no tengamos que matarlas?

La sonrisa desapareció del rostro del chico. Lentamente.

—Vale. No es un buen plan.

—No, no es un buen plan —refunfuñó John, mirando con frustración las aguas verdosas del Misisipi.

Se hizo el silencio, mientras el desánimo iba cundiendo lentamente entre ellos.

—Tengo una propuesta —se atrevió a decir finalmente Tayler—. Pero ya os aviso que es rara. Muy rara. Lo bueno es que en el peor de los casos nadie se enterará de que hemos fracasado.

—¿Y en el mejor? —preguntó Landon.

—En el mejor nos desharemos de esa escoria de Aucoin para siempre.

2.

Iban a invocar al Dios de las Ranas para que acabase con el profesor. Ese era el plan. Más o menos. Lo cual implicaba colarse en el despacho del abuelo de Tayler, robar el libro con el ritual, descifrarlo y llevarlo a cabo. En eso estaban.

—Qué raro es tu abuelo —dijo Landon mientras pegaba la cara a una extraña escultura de piedra. Realmente extraña. Quizás representaba un helado de pulpo, quizás un calamar espacial. La mirase por donde la mirase, el muchacho no le encontraba sentido.

—No es raro. Es «excéntrico» —puntualizó Tayler, tal y como le había aleccionado su madre—. Como es un genio, se lo puede permitir.

—A mí me parece un tío raro —insistió Landon—. En este despacho no hay nada normal.

Tenía razón. No eran sólo las esculturas, sino también los libros en idiomas extranjeros, las pinturas incomprensibles, las viejas armas y, para rematar, el gran baúl siempre cerrado con llave que estaba tras el escritorio.

—Ha viajado mucho —trató de justificarlo Tayler con poca convicción.

—¿Pero a qué se dedicaba? ¿A las ferias de monstruos?

Mientras preguntaba, Landon comenzó a pasar la mirada por el lomo de un montón de libros indescifrables. Unaussprechlichen Kulten. A saber cómo se pronunciaba eso.

—Era profesor en la Universidad, en Massachusetts, hace un montón de años. Pero cuando se jubiló volvió a Smoke Toad.

—¿A qué se supone que están jugando? —preguntó John desde la ventana—. Parece que están haciendo murallitas de piezas o algo así.

Él era el encargado de vigilar que nadie subiera durante su visita al estudio.

—Se llama mahjong. Es un juego chino. Creo.

—Chino. Puaj. ¿Y por qué no pueden jugar al bridge como hace mi abuela? —protestó John con suspicacia.

—Porque son raros, tío. El abuelo de Tayler y sus amigos, los cuatro.

Tayler abrió la boca para contradecir a Landon, pero al final la cerró. Porque la verdad es que sí que eran raros. Tenían todos como ochenta años, y se habían venido a vivir junto a su abuelo a mitad de la nada simplemente para pasarse las tardes jugando al mahjong en el porche. Por lo que le había contado su madre habían sido compañeros en la Universidad y habían viajado juntos investigando por bastantes sitios, pero eso había sido como hacía mil años, antes incluso de la guerra contra los alemanes. Y ahora eran cuatro viejos raros jugando a juegos extranjeros y hablando de cosas secretas en el porche. Siempre que él se acercaba o pasaba por allí cuando estaban juntos, los ancianos se callaban y le despachaban con una palmadita en la cabeza. Odiaba eso. Y cuando estaba su abuelo solo tampoco le contaba mucho más. En su despacho había «cosas de sus viajes», sin más. «¿Qué es esto?» «Una cosa, déjalo». Y así con todo. Aun así Tayler se quedaba un rato curioseando siempre que podía. Su abuelo tenía mal las rodillas y no iba a subir de repente. Fue así como se fijó en la extraña estatua de una rana enorme sentada sobre sus patas traseras que había dentro de una de las vitrinas. El Dios de las Ranas, sin lugar a dudas.

—Este es el bicho —les explicó a sus amigos enseñándoles la estatua—. Y por aquí cerca hay un libro que habla de él y que dice cómo invocarlo.

—¿Cómo se llama el libro? —preguntó Landon.

Hubo una tensa pausa.

—Era un nombre muy raro… Pero estaba cerca de la estatua.

Empezaron a buscar.

—¿A qué se dedican los amigos de tu abuelo? —preguntó John tras un rato, aburrido en su puesto de vigía.

—También están jubilados. El señor Tresler tenía una librería o algo así. El señor Giles era escritor, y la señora Peragine también era profesora, como mi abuelo.

John observó un momento más la escena, ya que estaba demasiado lejos como para escuchar nada. El señor Tresler no había tocado la taza de té, pero se estaba tomando un vaso de whisky. El señor Giles golpeaba rítmicamente su bastón de cerezo con un dedo. La señora Peragine mordisqueaba una galleta como si fuese una ardilla. El señor Cruzel, el abuelo de Tayler, no hacía más que peinarse y repeinarse la alargada barba gris que tenía. Y de tanto mirar a unos viejos que no hacían nada, él estaba a punto de quedarse dormido.

—¡Lo tengo! —dijo finalmente Landon— ¡Y está en inglés! Más o menos. Manuscritos… ¿Pnakóticos?

—Vale —explicó Tayler quitándole el libro a su amigo—, ahora hay que darse prisa. Vamos a copiar la página entera y devolvemos el libro a su sitio, porque como mi abuelo se entere de que se lo hemos cogido me mata.

Rápidamente los tres chicos se pusieron a la tarea. Dividieron las dos hojas que hablaban del Dios de las Ranas (al que en el libro llamaban Tsathoggua, pero el dibujo no dejaba lugar a dudas) en tres partes, y cada uno empezó a copiar una sección en un folio. Ya se preocuparían luego por entender de qué hablaba.

—Listo —anunció John en cuanto hubo acabado de copiar su parte.

—No es una carrera —replicó Tayler, pero se apresuró todo lo que pudo para que Landon no acabase antes que él.

Después dejaron el libro de vuelta en su sitio y salieron por el patio trasero en dirección a su cabaña del árbol, sin que ninguno de los cuatro ancianos les viese. El plan iba saliendo perfecto.

3.

—Mierda. No podemos hacerlo.

—¿Qué? —protestó sorprendido Tayler.

John estaba pasando a limpio los tres fragmentos porque era el que tenía mejor letra, mientras que Landon estaba tirado tranquilamente al borde de la plataforma, mirando cómo el río fluía. Dormido, vamos.

—Es imposible, tío —se lamentó John—. Hay que cantar. ¿Cómo vamos a cantar? No hay solución.

—¿En serio?

Tayler se acercó, y revisó él mismo las notas, por si acaso.

—Mierda.

—Mierda.

Pues no había nada que hacer. No iban a ponerse a cantar como los imbéciles del grupo de teatro. Así que el profesor Aucoin se saldría con la suya y John no conquistaría a la chica. Qué asco de día.

—¿Por qué no se lo pedimos a Samantha y sus amigas? —propuso Landon, que por lo visto no estaba tan dormido como sus amigos creían.

—Porque… —empezó Tayler, por pura inercia, pero en realidad era una buena idea. Muy buena idea.

—¿Dónde estará ahora Samantha? —preguntó Landon.

John hizo memoria.

—Probablemente con Caroline y Sophia, haciendo los deberes en casa de Sophia.

—Vale, pues vamos para allá. Por el camino pensaremos qué les decimos.

—¿Cómo que qué les decimos? —protestó John— Pues que vamos a salvar a las ranas. Vamos a ser héroes.

Tayler no lo tenía tan claro, pero a Landon también le parecía coherente, así que sin darle más vueltas al asunto cogieron el ritual pasado a limpio y se pusieron en marcha hacia la casa de los Lebrun. Eran gente de dinero y tenían un viejo palacete a orillas del río, así que en vez de volver a la carretera se limitaron a seguir corriente abajo la senda de tierra que discurría junto al cauce hasta llegar a su finca, saliendo directamente en mitad del camino sin asfaltar que llevaba del portón a la casa. Desde el porche, las chicas les saludaron con la mano en cuanto los vieron.

—Yo me encargo —indicó John mientras daban las últimas pedaladas hasta los escalones de la entrada, así que cuando dejaron las tres bicicletas apoyadas contra la barandilla de madera Tayler y Landon se quedaron un estratégico paso atrás.

—Hola, Landon —saludó Sophia, atacando inesperadamente su estrategia—. ¿Qué hacéis por aquí?

—Tenemos un asunto entre manos —respondió Landon, dando un paso al frente y esquivando el codazo que Tayler intentó darle. John le lanzó una mirada furiosa, pero ya no había nada que hacer—, y pensamos que os gustaría participar.

—¿En serio? —preguntó Sophia dejándole un sitio junto a ella en el banco, que Landon ocupó al instante.

Tayler lanzó una mirada desconcertada a John, pero su amigo estaba demasiado ocupado sonriéndole a Samantha como para devolvérsela. Estupendo. Había sido meter a las chicas y todo el orden natural se estaba viniendo abajo. Con lo cual hizo lo único que podía hacer: lanzó una breve sonrisa con un movimiento de cabeza a Caroline y confió en que Landon no la liara mucho explicándose. La lió lo justo. Tras un poco de vueltas y revueltas logró dejar claro que tenían un plan para impedir la disección de las ranas del profesor Aucoin, lo cual fue muy bien recibido por las chicas, especialmente por Samantha y Caroline. Sophia más bien parecía que les seguía la corriente, pero no se podía tener todo. Después explicó de un modo bastante confuso que el plan incluía viejos rituales y, como en realidad no tenía ni idea de lo que estaba hablando, lo que entendieron las chicas fue que estaban preparando una especie de vudú contra el profesor. Lo cual, inesperadamente, les pareció perfecto. En realidad hacer vudú sonaba más coherente que invocar al Dios de las Ranas, así que cuando llegase el momento ya se encargaría él de aclarar los detalles. Finalmente Landon les dijo que la brujería necesitaba que se cantase un hechizo y que habían pensado en ellas.

—¿Cuándo sería? —preguntó Sophia mirando hacia el interior de la casa por la ventana, por si su madre estaba vigilando.

—Yo puedo seguro —se apresuró a decir Caroline. Sus padres no eran un poco hippies, sino muy hippies, de «amemos al Universo y dancemos con la luna», por lo que a diferencia de la mayoría de los otros chicos ella no tenía problemas de horario, como se esforzaba en dejar claro siempre.

—Eh… —dudó Landon.

Era su momento. Así que Tayler se inclinó sobre la mesa desplegando la copia a limpio del ritual.

—Hay que hacerlo bajo las estrellas, cuando Rigel se alce sobre el horizonte —lo dijo con mucha más convicción de la que sentía, como si realmente supiese algo de astronomía—. Así que tendría que ser esta noche, o mañana sábado por la noche. El domingo ya no, porque el lunes hay clase.

Entonces empezaron las negociaciones. «¿Por la noche pero cómo de noche?», «es que este viernes vienen mis tíos a cenar», «el domingo tengo que ir a pescar con mi primo, no puedo acostarme muy tarde». Enseguida quedó claro que no había hora ni día que viniese bien a todo el mundo. Así que al final Tayler jugó su última baza.

—Hay que hacerlo por las ranas —dijo con total seriedad, mirando lentamente a los ojos a todos los demás, uno a uno.

—Por las ranas —dijo Samantha.

—Por las ranas —se apresuró a decir también John.

Y poco a poco el resto fueron cayendo. Así que al final quedaron la noche del sábado, justo después de la cena, lo cual requería una compleja combinación de distintas variantes de llegar tarde a casa, escaparse por la ventana o sencillamente salir por la puerta, pero parecía posible.

—Bueno, ¿y qué hay que cantar? —preguntó Sophia cuando ya estaban a punto de irse.

Tayler se lo enseñó.

—Son palabras raras, no tiene sentido.

—Lo que no tiene es música —le replicó Sophia, como si fuese tonto.

—¿Cómo no va a tener música? —protestó quitándole la hoja de la mano.

Pero no tenía.

4.

Se pasaron la mayor parte de la tarde en casa de Sophia, probando diferentes melodías en el piano, pero era complicado encontrar el ritmo para algo que tenía de estribillo «ei audier N’Kai, ei kat’nu ar Tsathoggua». Lo intentaron con algunas canciones populares, con piezas de música clásica que Tayler no había escuchado en su vida pero que sonaban muy bien, y con el himno nacional. Cuando empezaron a quedarse sin ideas Caroline propuso que lo cantasen al ritmo de Misisipi Queen, que es lo que últimamente ponían en el tocadiscos sus padres a todas horas. A eso Sophia respondió que mejor el Smoke get in your eyes de Blue Hazel; y John se decantó por el Walk on the Wild Side. Afortunadamente Tayler logró devolverlos al buen camino, insistiendo en que, como el libro era antiguo, la música del cántico tenía que ser antigua también, realmente antigua. Así que siguieron por ese camino y al final, de un modo extrañamente desconcertante, lo que mejor pegaba era el ritmo de Yankee Doodle, que además era fácil de cantar sin música. Problema resuelto. Con una clara sensación de alivio y de dejar las cosas en su sitio, los chicos partieron cada uno hacia su respectiva casa, dándole vueltas a lo que les tocaría hacer al día siguiente.

El sábado amaneció caluroso para finales de mayo, y la humedad aplastaba el aire como si una masa informe e invisible tratase de abrirse paso al interior de los pulmones de los habitantes de Smoke Toad. Nada que no se solucionase con una buena taza de café cargado o un vaso de té helado. Tayler pasó casi toda la mañana con su abuelo, en parte porque quería comprobar si se había dado cuenta de que habían estado trasteando en su estudio, pero sobre todo porque su madre le había ordenado que fuese a ayudarle a limpiar el patio trasero. Aunque lo de ayudarle era bastante eufemístico. El abuelo Cruzel se limitó a sentarse en una silla y a dirigir mientras él iba pasando el rastrillo, recogiendo hierbas y apilando toda la basura en la carretilla. Para empeorar aún más las cosas, a media mañana llegó su hermana con una jarra de limonada, y a partir de ese momento tanto Olivia como el abuelo se encargaron de dirigir sus esfuerzos desde la cómoda protección del porche trasero. Era el infierno. Lo único bueno que sacó de la mañana fue la certeza de que el abuelo no tenía ni idea de que habían estado trasteando entre sus cosas.

—Te estás dejando un poco de mugre por ese lado —le indicaba Olivia periódicamente.

—Algún día todo esto será tuyo, más te vale aplicarte —añadía el abuelo Cruzel.

Y así hasta la hora de comer.

Al caer la tarde recogió las cosas que le hacían falta, las metió en la mochila y se fue, gritando desde el porche que cenaría en casa los Rincker. A su vez John diría que cenaba en casa de Landon, y Landon que cenaría aquí. Una variación de la táctica más vieja del mundo que esperaban que resultase ligeramente más astuta que la original. El plan era ir a la casa del árbol para terminar de preparar las cosas que necesitaban para el ritual y después reunirse con las chicas en el lugar que habían elegido, en la orilla del río a la altura de la casa del profesor Aucoin, justo al ponerse el sol. Cuando llegó hasta su base John ya estaba allí y había traído todo lo que le correspondía, que era el mechero y la tiza. Las chicas tenían que traer velas e incienso, y Landon el cuchillo ceremonial. Y él había terminado de pasar a limpio el texto (había habido un pequeño accidente con un vaso de té helado) y había hecho copias para que todo el mundo tuviera una. Le dolía la mano de escribir, pero todo estaba en orden.

Landon apareció justo detrás de él, con cara preocupada.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Tayler, temiéndose lo peor.

—Bueno, tíos, que lo del cuchillo ritual era un poco raro —se disculpó—, he hecho lo que he podido.

Y sacó una especie de cosa oxidada y alargada.

—¿Qué es eso? —preguntó John bajando del árbol para verla mejor.

—Una bayoneta, de mi abuelo —explicó Landon.

—¿Servirá? —preguntó John.

—Claro —respondió Tayler, sin tener la menor idea—. Por supuesto.

Con todos los materiales listos, fue el momento de dedicarse al último paso antes de reunirse con las chicas: se peinaron, se echaron colonia y se tomaron un chicle de menta. Era el momento de la verdad.

Las chicas habían venido paseando por la orilla, y ya estaban allí cuando ellos llegaron al punto de encuentro.

—Dejadme hablar a mí esta vez —prácticamente suplicó John.

—Hola, Tayler —saludo Caroline—. Estás muy guapo así peinado.

Tayler se puso rojo como un tomate en llamas. ¿No se suponía que iban a invocar al Dios de las Ranas? ¿A qué venía eso?

—Tú también estás muy guapa, Samantha —lanzó John un poco a la desesperada.

—Después del ritual podemos dar un paseo —sugirió Sophia—. Le he cogido esto a mi madre del mueble bar.

La muchacha enseño una pequeña botella de bourbon, y los tres chicos intercambiaron miradas asombradas. Parecía que ellos no eran los únicos que habían hecho planes. La noche se ponía cada vez más interesante.

—Vale, vamos a hacer rápido entonces lo del ritual —indicó Tayler, repartiendo las copias—. Os lo resumo: hay que trazar un círculo como el que he dibujado, encendemos las velas, y clavamos el cuchillo ritual en el suelo. Luego se hace la canción… «transfiriendo nuestra energía astral a la resonancia primigenia del cántico».

Esto último lo leyó. Parecía importante y no quería equivocarse.

—A ello.

Todos asintieron, y se pusieron a trabajar. Mientras las chicas iban ensayando el cántico, Tayler le pidió la tiza a John y empezó a dibujar. O lo intentó. No habían tenido en cuenta que la tiza no era lo mejor para pintar en un suelo de tierra húmedo.

—Esto no va a funcionar. La tiza se deshace —protestó.

—Prueba con un palo. Así. —le sugirió Caroline, cogiendo una gruesa rama de la orilla y empezando a trazar el círculo. Se puso muy cerca de él mientras lo hacía. Olía a incienso y a bizcocho.

Superado ese trance, el resto de las cosas fueron saliendo bastante rápido. Encendieron las velas y el incienso, Landon clavó la bayoneta en el suelo y todos se colocaron dentro del círculo.

—Recordad, esa es la casa del profesor Aucoin —señaló Tayler—. Ahí es donde hay que concentrar la energía, no queremos que ningún inocente salga herido.

—Por las ranas —añadió John, tratando de cobrar algo de protagonismo de última hora y con una sonrisa supuestamente heroica dirigida a Samantha.

—Por las ranas —corearon los demás.

Y «transfiriendo la energía astral a la resonancia primigenia del cántico» cada uno más o menos a su modo, las chicas empezaron a cantar al ritmo del Yankie Doodle mientras ellos tarareaban, atreviéndose sólo a unirse en el estribillo, un sonoro ei audier N’Kai, ei kat’nu ar Tsathoggua.

Tenían que repetirlo tres veces, pero a mitad de la segunda Landon levantó una mano.

—Un momento, ¿qué es lo que pasaba con Rigel?

—Mierda —musitó Tayler.

Por lo menos ya estaba todo lo suficientemente oscuro como para que no se notase demasiado que se había vuelto a poner totalmente rojo. Con lo del palo y Caroline se le había olvidado por completo esa parte.

—Lo tengo apuntado —se disculpó mientras acercaba su papel a una vela para verlo mejor—. Vale, según el almanaque astronómico de mi padre, Rigel sale hoy… en veinte minutos. Más o menos.

Quizás fuese un poco más tarde, pero con la cantidad de planes que tenían esa noche no pensaba retrasar más lo del ritual.

—¿Y qué hacemos mientras? —preguntó Landon.

—Podemos sentarnos —sugirió Caroline, cruzando el círculo para colocarse al lado de Tayler.

Así que se sentaron, sin saber de qué hablar. Cualquier tema que no fuese el ritual parecía totalmente fuera de lugar. Pasó un minuto eterno. Luego otro.

—Sophia, ¿tu hermana vendrá desde la universidad este verano? —preguntó al final Tayler, simplemente por romper la tensión.

—Supongo —fue toda la respuesta de la chica.

Silencio de nuevo.

—¿De dónde sacasteis el ritual, Tayler? —dijo Caroline tras otros angustiosos segundos, salvándoles la vida. Esa era un buena pregunta. Así que los chicos les hablaron del abuelo de Tayler y sus tres amigos raros, de las estatuas incomprensibles y de los libros viejos que tenía en su despacho. Quizás enriqueciendo un poco toda la historia para transformarla en algo más heroico, con riesgo continuo de ser descubiertos y una veloz huida con la información. Como agentes secretos. Y los veinte minutos se pasaron volando.

—Vale, es la hora —anunció Tayler poniéndose en pie y mirando al cielo como si supiese realmente dónde estaba Rigel.

Caroline esperó a que él le diera la mano para levantarse, y fue guay. Después todos volvieron a sus posiciones iniciales y comenzaron una vez más a transferir energía astral al cántico, manteniendo siempre a la vista la casa del profesor Aucoin y coreando todos juntos el estribillo con un entusiasmo cada vez mayor.

¡ei kat’nu ar Tsathoggua¡ —terminaron los seis a voz en grito, estallando en un aplauso irrefrenable cuando terminaron la última repetición.

Había sido muy chulo.

—Listo —señaló Tayler.

—¿Y ahora qué pasará? —preguntó Samantha.

—Ni idea —reconoció—. Estas cosas de la magia son sutiles. Pero algo pasará.

Y pasó. Sólo que no fue nada sutil. Un temblor sacudió la tierra arrojando a los chicos al suelo mientras un crujido hendía el curso del río, que se abrió por la mitad empezando a drenar el agua como si se hubiese abierto un abismo a profundidades insondables. Y del abismo surgió una figura titánica y abotargada, ascendiendo lenta y pesadamente y alcanzando la orilla primero con una pata palmeada y luego con otra, hasta erguirse sobre las ancas traseras en toda su terrible majestad primigenia.

—El Dios de las Ranas —musitó Landon, con los ojos como platos.

—Vaya —fue todo lo que acertó a decir Tayler.

Pensó que las chicas se pondrían a chillar, pero simplemente miraban a la inmensa criatura sin saber qué decir.

Mientras el río se cerraba a su espalda, el que suponían que sería Tsathoggua avanzó a grandes zancadas hacia la casa del profesor Aucoin.

—Mierda —murmuró Tayler.

Sin esfuerzo ninguno, la criatura arrancó el techo de madera como si quitase la tapa de una lata de conservas.

—Mierda —repitió Tayler.

Se escuchó un grito helado cuando el primigenio introdujo una mano deforme y gigantesca a través del techo, y todos pudieron ver cómo la sacaba con una figura agitándose en ella. A esa distancia era como estar viendo una película de terror en el cine. Todo era pequeño y confuso. Tsathoggua se comió al profesor Aucoin. Ahora todo era pequeño, confuso y sangriento.

—Mierda —dijo una vez más Tayler.

—Tendríamos que hacer algo —sugirió Caroline con un hilo de voz—. Van a castigarnos para siempre.

—Voy a buscar a mi abuelo —susurró Tayler, mientras prácticamente ya volaba sobre su bicicleta.

5.

Jonathan Cruzel había tenido un sueño muy ligero en su juventud, lo cual le había salvado la vida más de una vez, pero con casi ochenta años y retirado en su pueblucho natal de Smoke Toad dormía como un tronco y era difícil despertarle. Aún así los gritos desesperados de su nieto mientras aporreaba la puerta lograron ponerle en pie bastante rápido. Completamente despejado, cogió el bastón maldiciendo la artritis de las rodillas y bajó los escalones lo más rápido que pudo, sin detenerse siquiera a envolverse el batín.

—¿Se puede saber qué demonios sucede, muchacho? —rugió—. Más te vale que tu casa esté ardiendo.

Por su cara pálida y descompuesta parecía que había pasado algo así.

—Copiamos un ritual de uno de tus libros y hemos invocado a Tsathoggua —respondió Tayler con un hilo de voz.

—¿Qué?

—Que copiamos un ritual de uno de tus libros y hemos invocado a Tsathoggua. Se ha comido al profesor Aucoin.

Tayler cerró los ojos y se encogió, esperando la tormenta de gritos y de bofetadas. Pero nada de eso sucedió. Cuando se atrevió a echar un vistazo vio que su abuelo había desaparecido, aunque reapareció casi al instante escaleras abajo, con un viejo bolso de cuero que no le había visto en la vida, los ojos brillantes y una sonrisa de oreja a oreja.

—Ve ahora mismo a casa de Tresler, sácale a patadas de la cama y dile que traiga al resto al río ya.

—Pero…

—¡Vamos, muchacho del demonio! —le cortó— Corre. Dile lo mismo que a mí, y que se den prisa. Yo os esperaré en el río.

Tayler asintió, y comenzó a pedalear mientras veía cómo su abuelo se alejaba a grandes zancadas. Se había dejado el bastón en casa.

Cuando Jonathan Cruzel llegó hasta el lugar de la invocación se encontró a cinco muchachos desconcertados pasándose una botella de bourbon y mirando al infinito, así que la cogió, le dio un buen trago y se la devolvió.

—¿Cómo nos ha encontrado? —preguntó desconcertada una de las amigas de su nieto.

—Habéis invocado a un primigenio de ocho metros de alto, criatura —resopló mientras empezaba a preparar parte de las cosas que había traído en su bolso de viaje.

Apenas un par de minutos después se escuchó un coche derrapando, y la camioneta de Tresler se detuvo en seco a un par de metros de donde estaban dejando como estela una senda de arbustos y ramas destrozadas.

—Esto es como en Kioto en el 29 —suspiró el señor Giles mientras bajaba del coche, sacando una delgada espada de su bastón de madera de cerezo.

—Esto no es como en Kioto en el 29 —protestó el señor Tresler mientras descargaba un pequeño baúl de la parte trasera de la camioneta, que Tayler había traído sujeto «como si la vida de todos fuese en ello», tal y como le habían indicado.

—¿En serio han logrado invocar a Tsathoggua con esta chapuza? —dijo la señora Peragine con incredulidad, arrodillándose junto al círculo que habían trazado los muchachos— ¿Para esto me pasé yo dos semanas meditando en un monasterio del Himalaya?

—La suerte del principiante —se burló el señor Tresler con una risa sonora.

—Caballeros, no tenemos tiempo para batallitas —terció Cruzel—. Niños, pegaos al río, no molestéis. Concezione, David, empecemos con el ritual de expulsión. Anthony…

—Lo sé —le interrumpió el señor Tresler—. Si no funciona rompo el cristal y libero a Cthugha, y que el fuego lo consuma todo.

—No hay más que decir.

Desde la orilla, los chicos observaban con la boca abierta.

—Tu abuelo… —comenzó a decir Caroline cuando Tayler llegó hasta ellos, pero en realidad no sabía cómo seguir la frase, así que la dejó tal cual.

Los ancianos empezaron a cantar, y casi al instante la descomunal criatura se giró hacia ellos, olvidándose de los restos de la casa del profesor Aucoin, que se había dedicado a reducir a astillas metódicamente.

A continuación pasaron muchas cosas raras, una tras otra. Primero el círculo que los ancianos habían trazado comenzó a relucir con un brillo plateado mientras Tsathoggua se acercaba hacia ellos. A continuación la criatura gruño algo extraño y una especie de masa de gelatina negra surgió de la tierra y avanzó reptando hacia el círculo brillante. Entones el señor Giles se separó mientras los otros seguían cantando y troceó a la masa negruzca con su espada, dejando que se disolviese en el suelo. Luego el cántico del abuelo de Tayler y sus amigos pareció alcanzar su punto álgido. Y finalmente el gigantesco ser con aspecto de rana lanzó un gemido de frustración y regresó caminando al río, desapareciendo bajo las aguas con un temblor y un crujido.

Los niños no entendían nada.

—Bueno, a la cama —gruño el señor Cruzel tras aceptar un trago de la petaca que le ofrecía el señor Tresler y frotándose los riñones—. No son horas de andar por ahí. Y ni una palabra de esto.

Los seis chicos asintieron en silencio y comenzaron a caminar por la orilla.

—¿Sabéis? —dijo Samantha en cuanto dejaron atrás los restos de la invocación—. A lo mejor es que las ranas sí merecen morir.

Nadie le llevó la contraria.

Juan Cuadra, Agosto 2015

 

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