Lo que falta en el mundo

Creo que hago mal esto de ser escritor. Quizás no en el acto diario de escribir, quizás no en el modo de contar historias, pero sí a la hora de elegir qué historias que quiero transmitir al mundo, cada vez estoy más seguro de que lo hago mal. Al menos en el sentido comercial. Históricamente, los grandes genios que han revolucionado la literatura siempre han tenido una asombrosa capacidad para pasar mucha hambre con su trabajo, así que a lo mejor en ese sentido sí que lo estoy enfocando bien.

Me intentaré explicar un poco más utilizando unas viñetas cutremente fotografiadas de The Sandman:

El mundo necesita algunas historias y tiene la mala costumbre de hacerme que las cuente
The Sandman, Preludios y Nocturnos

Pues eso, a mí me pasa como a Wesley Dodds: escribo las historias que creo que faltan en el mundo. “Me encantaría leer algo así, pero no hay nada que realmente lo plasme. Bueno, tendré que ponerme yo a ello”. Así fue como surgió La Saga de la Ciudad, porque quería una historia de magia moderna, que se cimentase en todo lo que había leído en los últimos años sobre magia wicca, alta magia, magia satánica y demás. Y porque quería contar una historia sin ningún tipo de censura, que reflejase lo oscuro y cruel que puede llegar a ser humano. Quería que existiese una historia así, y por eso la escribí. La estoy terminando de escribir.

Y ahora, al enfrentarme a la siguiente novela larga (porque mis novelas cortas surgen más bien de ideas o de momentos), me doy cuenta de que voy seleccionando de nuevo por lo que falta. O más que seleccionar dejando de lado. No me siento con ganas de acercarme a la fantasía épica, porque no creo que pueda aportar nada especial. Podría hacer algo correcto, pero ya hay gente de sobra creando fantasía épica molona. Después volvió a salir a flote una idea que lleva años rondándome, que tiene también bastante de magia moderna, esta vez unida a una mitología judeocristiana, pero que esencialmente es un thriller. Ya casi estaba dispuesto a darle el pistoletazo de salida al trabajo previo. Pero entonces descubrí que el mundo probablemente tampoco necesita eso, con dos claros avisos con escasas semanas de diferencia. Por un lado, porque los elementos de magia y mitología son relativamente parecidos al punto de partida de uno de mis regalos de cumple, Kraken de Mieville (no tanto en el desarrollo, pero ciertamente algo resuena entre ambas ideas). Y, sobre todo, porque estoy terminándome de leer un thriller que ya ha aportado todo lo que podía hacer yo en ese ámbito y probablemente un poco más, que es Hijos del Dios Binario, del señor David B. Gil.

Un thriller molón y con toques de ci-fi
Un thriller muy molón y con toques de ci-fi

Lamentablemente yo soy así. Si leo algo genial no se me antoja escribir una cosa parecida, aunque pueda hacerlo, aunque tuviera la idea de antes. La idea de seguir la corriente de lo que puede gustar no me repele, pero tampoco me resulta interesante. Siento que el mundo ya tiene lo que necesita, y que mi obligación es aportar cosas nuevas. Completar lo que falta. Así que aquí estoy, acumulando libros rarunos para ir leyendo con calma durante los próximos meses, porque el universo ya me ha dicho una vez más qué quiere que escriba. Y, como sucedió con La Saga de la Ciudad, a través del pequeño proceso de documentación de un relato.

Conclusión: está claro que todo mi futuro como escritor se basa en que mi Agente del Mal siga encontrando editores enloquecidos a los que les guste publicar lo que falta en el mundo. Mientras, espero que para los que vayáis leyendo lo que escribo también esas historias completen algo que echabais de menos leer. Para mí, eso es más que suficiente.

J.

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