Horizontes de expectativas

Cuando empecé a trabajar como profesor me di cuenta enseguida de un importante problema: calculaba mal el tiempo que se tardaba en contestar un examen. ¿Por qué? Porque durante mis largos años de estudiante siempre me ha sobrado tiempo. Mucho tiempo. Con lo cual, en los primeros exámenes que puse, yo pensaba que todo el mundo iba a ir sobrado, y a la mayoría de la gente le faltaba tiempo. Y eso teniendo en cuenta sólo el tiempo para llevarlo a cabo. De lo de si una pregunta va a ser fácil para los alumnos o difícil ni hablamos.

Al escribir me sucede igual. Tengo la impresión de que mi horizonte de expectativas al leer (me encanta ese término, suena totalmente a Ciencia-Ficción) es cuanto menos raruno. Así estoy, enfrascado en el tramo final de algo que según los puristas no es terror, sino fantasía urbana; y que para los lectores de fantasía urbana (si es que eso existe) en muchas ocasiones es algo demasiado crudo y brutal. Lo cual personalmente no me importa, porque es lo que quiero escribir, lo que empecé a escribir porque no encontraba novelas así. Y porque la crudeza es algo relativo. Yo no considero que mis novelas sean más duras que gran parte del cine que vemos tranquilamente, la verdad, y están al nivel de un telediario medio, porque mi inspiración siempre es la realidad. Quizás por ello cuando releo escenas de la Saga de la Ciudad, hasta las escenas que más impacto causan en la mayoría de los lectores, me sorprendo a menudo de que puedan provocar una reacción tan intensa.

Expectativas a la hora de leer, de escribir y de publicar

Este problema al encajar límites y géneros me está pasando factura. Más o menos. Resulta que mi primera incursión en la literatura infantil-juvenil es demasiado adulta. Pero al mismo tiempo no puede ser considerada adulta. Parece ser que soy un experto en nadar entre dos aguas. Un escritor de ría, a ratos agua dulce, a ratos salada. Al principio, cuando mi Agente me informó de que las editoriales no acababan de verlo claro, me vine abajo. “No sirvo para escribir cosas publicables”. Pero después eso mismo ha resultado ser una liberación. Ya he intentado encajar en unos cánones, y parece ser que no lo consigo. Con lo cual no voy a seguir intentándolo. Es la libertad de escribir como quieras, sabiendo que estás escribiendo algo bueno, algo que a los que lo leen les gusta (y a veces hasta les gusta mucho). Pero que corre un riesgo importante de que acabe siendo leído sólo por un número muy limitado de personas.

Y no aprendo de mis errores. O no quiero aceptar algo que no creo que sean errores, sino quizás la única forma de hacer cosas diferentes. Ahora mismo estoy acabando otra pequeña novelita. Hace unos meses os habría dicho que era infantil-juvenil. A día de hoy estoy bastante seguro de que no es infantil. De que es una cosa rara que, nuevamente, a mí me encantaría encontrarme como lector. Un libro infantil para adultos. Algo así. Con estructura de libro infantil-juvenil, con lenguaje poético pero sencillo, y con momentos duros. Lo que viene a ser una Caperucita o Hansel y Gretel cualquiera, vamos. Pero de cuarenta mil palabras. En un mes más o menos se lo mandaré a mi Agente para que lo lea, y lo disfrute, sin más compromiso. Con la libertad que me da saber que es altamente improbable que una editorial quiera publicar algo así. Y aquí donde me veis, estoy encantado. Será que algo estoy aprendiendo de esto de escribir.

J.

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