Objetividad (La Historia de Tu vida)

Mi primer encuentro con la cruda realidad de la objetividad literaria fue con veinte años. Yo escribía poesía durante mi adolescencia y post-adolescencia. Mucha. Muchísima. Iba mejorando mi técnica, trabajando las rimas, explorando. Escribía unas cantidades ingentes de poemas. Y con veinte años, en mi primer curso de Filología Hispánica, elegí la asignatura de Métrica y Retórica.  Y comprendí que básicamente lo que escribía era basura. Basura mejor o peor, pero en el 95% de los casos basura. Desapareció la bendita ignorancia, y dejé de escribir poesía. Porque una vez que sabes cómo hacer las cosas bien, hacerlas mal ya no es una opción, al menos para mí. Y simplemente no necesitaba la catarsis de los poemas, ni me sentía con ánimo para dedicarle el tiempo necesario para hacer algo aceptable (luego pasaría el tiempo, y diez años después volvería a escribir poesía, pero eso es otra historia que se cuenta en otro lugar).

Michelangelo's_Pieta_5450_cropncleaned_edit-3

A partir de ese momento viví con la cruel realidad de la objetividad, en mis creaciones y en las de los demás. Lo cual creo que es imprescindible. Si me paro delante de La Piedad de Miguel Ángel tengo claro que nunca en mi vida seré capaz de hacer nada que esté a una galaxia y media de distancia de eso. ¿Por qué no iba a ser capaz de verlo también en literatura? Por eso decía hace unos meses que El Libro de Ivo para mí es 3.5/5, un 7 sobre 10. Y lo sigo diciendo. Y a El Libro de Sombra le daría un 8-8.5, y si todo va bien en unos meses podréis decirme si estáis de acuerdo o no. Y a esa autovaloración se une la capacidad de comparar. Lo cual nos lleva a la última parte de esta reflexión.

Yo quería escribir un relato de ciencia-ficción. Tenía una idea bastante apañada, parecía que tenía posibilidad de darle un buen desarrollo. Y entonces empecé a leer La Historia de tu vida, de Ted Chiang (te odio, Librero del Mal). Y comprendí al momento que nunca voy a ser capaz de escribir un relato así de bueno. Estoy tan lejos de Ted Chiang como de Miguel Ángel, o casi. Así que he decidido volver a lo que tengo empezado y que sé que puedo acabar dignamente. Del mismo modo que cuando leí Embassytown tuve claro que yo no era capaz de escribir algo así [este es un momento tenso, porque después de decir un par de autores que son mejores que yo podría decir también un par de autores que considero que son iguales que yo o peores, y ganarme un buen puñado de odio, pero como estoy aprendiendo a ser discreto me voy a contener]. Y del mismo modo que soy capaz de resaltar los fallos de autores que me encantan, porque lo normal es que una novela no sea perfecta, y no pasa nada por ello. No pasa nada porque haya personas que escriban mejor que tú, ni porque tengan ideas más brillantes. Lo único que no es aceptable es no ser capaz de reconocer que lo que has hecho no es lo suficientemente bueno como para que vea la luz; o peor aún, sacar a la luz un texto que sabes perfectamente que no es bueno.

Ahora mismo estoy en una pausa táctica de La Saga de la Ciudad, enfilando la parte final de una cosita que se llamará Liquorice, y que aún no tengo ni idea aún de si va a poder ser o no. Porque estoy caminando por terreno desconocido, y eso siempre es un aprendizaje. Cuando dé punto y final, si todo va bien en un par de meses, decidiré si vale la pena y puede leerlo Txell, o si se queda en las cosas que hay que rehacer en un futuro, cuando haya aprendido más sobre este oficio y quizás sí sea capaz de contar esa historia. Y mientras seguiré aprendiendo y maravillándome cada vez que encuentro otro escritor más que indudablemente es mejor que yo.

J.

 

Deja un comentario