Capas Rojas (mi regalo de cumpleaños) [relato]

Pues a modo de regalo de cumpleaños inverso, aquí os dejo una cosa que llevaba mucho tiempo dándome vueltas, y que finalmente escribí el año pasado, en el descanso entre El Libro de Sombra y El Libro de Lucian.

Wolf - Tambako The Jaguar

Capas Rojas

Vosotros conocéis la historia de otro modo. Vuestro pueblo ha tenido tiempo de sobra para irla alterando y transformando hasta convertirla en una sombra de lo que fue, en un cuento para que los niños sientan miedo un segundo y alivio al siguiente, un cuento que os protege y os ensalza. Y mi pueblo, que apenas tiene fuerzas ya para hablar, que apenas tiene voz ni ojos, lo recuerda. Y así es como sucedió.

En el principio estaba el bosque. No un bosque. El bosque. Y el bosque lo era todo. Lo contenía todo, y lo abarcaba todo, y nada necesitaba. Había tierras más allá del bosque, por supuesto, pero eran tierras vacías de vida y de esperanza. Nadie se aventuraba en ellas. Porque no hacía falta. Como decía, el bosque lo era todo, y el bosque era nuestro. Pero no vuestro “nuestro”. El bosque era nuestro porque nosotros eramos sus guardianes y sus protectores. Nosotros lo recorríamos, lo vigilábamos, y cuidábamos con justicia y equidad de todo lo que vivía y crecía en él. Por eso era nuestro. No porque lo poseyéramos. Nadie podía poseer el bosque. O eso creíamos.

Hasta que un día llegaron ellos. Que aún no eran pero que serían vosotros. Alcanzaron el bosque desde las tierras vacías, y llegaron igualmente casi vacíos de vida y de fuerzas y de esperanza. Todos los habitantes observaron su llegada con asombro. Los que cruzaban los cielos descendieron a verlo. Los que habitaban sobre las ramas y bajo las ramas observaron con interés. Y los que habitaban bajo las raíces ascendieron con desconcierto. Todos los vieron llegar, pero sólo nosotros les hablamos. Porque el bosque era nuestro. Nos escucharon con temor y espanto, lanzando miradas de desesperación al vacío que dejaban atrás, miradas de temor a la espesura que tenían delante. Les dijimos que dejasen el miedo a sus espaldas. Que toda criatura tiene un lugar bajo las ramas del bosque.

Entraron en el bosque, aunque no demasiado. Parecía como si el vacío del que venían no acabase de dejarlos marchar. Normalmente no penetraban más allá del linde del bosque, manteniendo siempre las tierras vacías a sus espaldas. Eran torpes, asustadizos, débiles. No tenían ni garras, ni pico, ni dientes. No podían cavar ni volar ni saltar por las ramas. Mi pueblo pensó que su muerte era inevitable. Pero así era la naturaleza del bosque, y nada podía hacerse. Unos viven y otros mueren. Unos mueren para que otros vivan. Sólo que ellos no murieron. Cambiaron.

Habían construido sus moradas, moradas débiles azotadas por el viento que apenas se sostenían, en el lugar en el que bosque comenzaba a dejar de serlo pero aún no era el vacío. Allí se agrupaban hacinados, como si no hubiese espacio para cobijarlos, y hablaban y discutían, sin decidirse a entrar y ser parte del bosque ni a darle la espalda y volver al lugar del que vinieron. Nunca decidían nada, nunca hacían nada. Sólo tenían miedo. Hasta que llegó la anciana. Aunque mi pueblo no sabe con certeza si llegó o ya estaba entre ellos. Quizás llegó desde el vacío. Quizás llevaba ya el vacío en su interior, y eso le permitió sacarlo y transformar a su gente. En cualquier caso la anciana habló, y su gente la escuchó. Y cambiaron. Se dieron un nombre: hombres. Y se declararon distintos a todos los que habitaban el bosque. Y con la valentía recién recibida de ese nombre recorrieron los lindes del bosque recogiendo ramas y piedras y hierbas, y se envolvieron en ellas creando las garras y la piel de la que carecían.

Mi pueblo lo observó todo, y nada hizo. Algunos incluso se alegraron, porque parecía que los hombres ya no morirían y que podrían entrar en el bosque y ser parte de él. Qué equivocados estábamos. Entraron, sí, pero nunca fueron parte. Entraron hacia las profundidades, buscando las cuevas y las grutas, y descendieron a ellas armados con extrañas garras, y salieron cargados con rocas brillantes nunca vistas bajo las ramas, y las transportaron con premura hacia sus casas, que ahora eran más robustas pero que seguían alzándose más allá de los árboles. Allí, entre el vacío y la vida, una noche saltó una chispa, una chispa que acabaría consumiéndolo todo. Crearon fuego, y con el fuego transformaron la piedra. Y con la piedra transformada crearon garras nuevas y brillantes. Se armaron con lanzas y con escudos. Derritieron cualquier resto de miedo que pudiera quedarles. Y eligieron reinas.

Siempre eran tres. La anciana, la madre, la doncella. La anciana aconsejaba. La madre decidía. La doncella ejecutaba. Siempre tres. Encerrada en su choza, donde siempre ardía el fuego, la anciana consultó a los espíritus de las llamas y de los muertos. Y aconsejó penetrar con el fuego en el bosque. La madre meditó el consejo, y reunió a hombres y mujeres, y les habló de que el tiempo de no tener hogar había terminado, y que el bosque sería suyo. Y decidió atacarlo. Y la doncella reunió a los jóvenes, a los más fuertes y veloces y valientes, y armados con escudos y lanzas y antorchas penetraron en el bosque. Mataron a toda criatura que salió a su paso. Quemaron toda rama que se cruzó en su camino. Así que mi pueblo acudió. Los guerreros marcharon veloces, dispuestos a expulsar a los humanos, a devolverlos al vacío del que nunca debían hacer salido. Pero mi pueblo recordaba a las criaturas temerosas y débiles. Nada comprendía de aquello en lo que se habían convertido. Allí cayeron muchos de los más fuertes y hermosos de los míos. Allí cayeron héroes y heroínas, ancianos sabios y jóvenes audaces. Los que quedaron aullaron de tristeza, de una tristeza que se transformó en horror cuando vieron cómo los humanos se inclinaban sobre los cuerpos de sus compañeros de manada caídos y les arrancaban la piel, para ponérsela sobre la cabeza y la espalda a modo de trofeo. La sangre goteó sobre su débil piel, y la doncella alzó su lanza y gritó con furia. Capas rojas. Así decidieron llamarse.

2.

Mi pueblo se reunió. Había sido su primera derrota. No sería la última, pero entonces no lo sabían. Los líderes de las tribus se reunieron. Recitaron las antiguas canciones de sabiduría. Buscaron respuestas. Y como no encontraron ninguna, volvieron a atacar. Así que menos jóvenes aún alcanzaron a ver la primavera, y más guerreros humanos regresaron con capas rojas. Por tercera vez mi pueblo atacó. Por tercera vez regresaron derrotados. Sólo tras ello finalmente se dispersaron y se ocultaron en lo más profundo del bosque. Y los hombres avanzaron. Talaron árboles. Y con los troncos bloquearon arroyos y alzaron muros y murallas. Sus moradas dejaron de ser débiles y frágiles, igual que había sucedido con sus garras y pieles. Alzaron torres, despejaron caminos. Quemaron, cortaron y devoraron todo lo que se puso a su alcance. Y después buscaron más. Crecieron y crecieron, y allí donde ellos medraban el bosque iba siendo arrasado, con todo lo que representaba y contenía, y el vacío fue avanzando y creciendo en su interior, como una herida emponzoñada que no había forma de restañar.

En un último esfuerzo, mi pueblo se reunió. Dejaron a un lado todo lo que habían aprendido en las incontables estaciones que habían sido los guardianes del bosque. Lo olvidaron todo. Y volvieron a aprenderlo. Eligieron un héroe, sólo uno para enfrentarse a una tarea en la que antes habían fracasado muchos. Y le otorgaron todo lo que el bosque podía proporcionarle. Fuerza, velocidad, sigilo. Sabiduría para matar y para curar, para ser visto y para ocultarse. Las reinas de los hombres eran tres. Así que tendría que matar a las tres si quería que hubiese alguna esperanza para el bosque. El héroe partió.

Recorrió caminos ocultos entre los árboles, y observó a los hombres en sus moradas y fuera de ellas. Contempló desde la distancia a sus reinas. A la anciana, a la madre, a la doncella. Atendió a sus costumbres, a sus guardianes, a sus secretos. Aprendió todo lo que podía aprender de sus enemigos. Y finalmente, cuando sintió que ya no podía aprender nada más, lo utilizó.

La más débil era la anciana, la más importante la madre, la más peligrosa la doncella. El orden sería esencial. Y sólo podía hacerse de un modo. Así que lo hizo así. Primero recogió semillas de grutas ocultas y hongos que ningún animal se atrevía a tocar, y los dejó secar. Con enorme precaución arrancó minúsculos pedazos, y los envolvió con esmero en hojas frescas. Después se deslizó por un camino olvidado, apenas un resto de sendero, que conducía hasta la parte superior de la morada de la anciana. Mientras que el resto de los hombres habitaban en casas de madera, la anciana vivía en una gruta ligeramente alejada de su pueblo, donde mantenía siempre vivo el fuego con el que se comunicaba con los espíritus. Pero el fuego produce humo, y el humo necesita aire. Así que el héroe ascendió por el sendero oculto hasta el tiro de la chimenea, y vertió el veneno con cuidado sobre las llamas mientras la anciana dormía. Cuando despertó, el pecho le dolía y se sentía débil, así que envió a parte de sus guardias a la fortaleza de la madre y estos partieron con premura. El héroe los siguió. Oculto. En silencio.

Cuando la madre recibió la noticia, rápidamente preparó los ungüentos necesarios para aliviar los dolores de la anciana. Y, como el héroe había supuesto, se los entregó a la doncella, que era la más veloz y mortal de los humanos, para que se los hiciese llegar lo antes posible. Así que la doncella se puso su capa roja, cogió su lanza teñida de carmesí, y partió velozmente con la pócima que sanaría a la anciana. Fue en mitad del camino cuando el héroe la atajó.

Apareció repentinamente frente a ella, y aparentando una enorme sorpresa y temor se dejó caer panza arriba.

—No me hagas daño, te lo imploro —suplico desde el suelo—. Pues ningún mal pretendo hacerte.

La doncella, lanza en mano, dudó. Tenía prisa, y sabía perfectamente que uno solo de mi pueblo no era enemigo para ella.

—De acuerdo —dijo finalmente—. Esta vez te perdono la vida. Aléjate de mi camino.

Pero el héroe no se alzó, sino que se acurrucó aún más en el suelo, aparentando una infinita gratitud.

—Gracias, gracias mil veces, poderosa guerrera —dijo—. Nada puedo ofrecerte yo de valía, pero permite al menos que comparta contigo lo que sé de esta parte del bosque, pues quizás te sea de ayuda.

La doncella bufó con desprecio, y gotas de su capa roja salpicaron el suelo. El héroe gimió aparentando espanto, y se tapó la cabeza con las patas.

—Ya sé que nada temes —prosiguió—, pero quizás pueda informarte de otros problemas que podrían retrasarte.

Aquello sí intrigó a la doncella, pues como el héroe bien sabía habían sufrido hace poco unas feroces tormentas que habían destruido árboles y vados.

—Habla —le dijo la portadora de la capa roja.

—Has de saber que un grueso árbol cayó sobre el camino de poniente —le dijo, señalando la ruta que pensaba seguir la doncella—, arrastrando con él a muchos otros más delgados, y espinos y zarzas. Nadie mayor que un ratón puede ahora cruzarlo a salvo, y el rodeo exige vadear un arroyo que aún sigue crecido.

La portadora de la capa roja frunció el ceño, mirando con preocupación el hato en el que portaba el ungüento para la anciana.

—No obstante —prosiguió el héroe— si desandas tu camino unos minutos hallarás un pequeño sendero que sigue casi en paralelo el camino principal, apenas con un par más de giros, y que te permitirá sortear el árbol caído sin apenas perder tiempo.

La doncella bufó de nuevo, pero volvió la espalda al héroe y comenzó a regresar por la dirección en la que había venido. En cuanto desapareció, el héroe aceleró el paso, corriendo lo más velozmente que había corrido nunca. No tenía demasiado tiempo. Alcanzó la gruta de la anciana, y ascendió de nuevo hasta la chimenea. Los pocos guardias que quedaban allí aguardaban la llegada de la ayuda en el exterior, así que el héroe se deslizó sigilosamente desde lo alto, y cayó justo al lado del fuego. La anciana le vio, pero estaba demasiado débil, y antes de que pudiera dar la voz de alarma se abalanzó sobre ella y le desgarró la garganta. Entonces comenzó la labor más difícil. Tal y como los humanos habían hecho con sus congéneres, el héroe comenzó a separar la piel de la anciana, con infinito cuidado, y se la puso como si de un vestido se tratase, y sobre esa piel se colocó las ropas, y se ocultó bajo las mantas con las que se había cubierto, no sin antes haber devorado todo rastro de su víctima. Y aguardó.

No tuvo que esperar mucho. Furiosa y preocupada por el retraso, la doncella llegó con su capa roja ondeando a su espalda y su lanza reluciendo en una mano, el hato del ungüento en la otra. Y no sólo furiosa y preocupada, sino también agotada por la carrera, la doncella penetró en la gruta. El héroe había reducido el fuego a brasas, así que la oscuridad era casi total.

—Anciana —proclamó la doncella en cuanto entró—, traigo una pócima de la madre.

Cierra la puerta, hija —susurró el héroe oculto entre las mantas—, pues hace frío.

Así lo hizo la doncella, dejando a los guardias fuera, cerró y se dispuso a aproximarse al lecho de la anciana, pero el héroe la interrumpió de nuevo.

—¿Serías tan amable de avivar las llamas para estos viejos huesos?

La doncella asintió, y dejando la lanza apoyada en una pared cogió uno de los gruesos troncos apilados junto al hogar y lo dejó caer sobre las brasas. Chispas y ascuas saltaron hacia el techo, pero no lo suficiente como para despejar las sombras de la cueva.

—Ahora sí, hija, acércate —le pidió el héroe.

La doncella se apresuró hacia él, dejando la lanza a su espalda. Pero aún la tenía a su alcance. Así que el héroe prosiguió.

—El frío aún me aferra el pecho, pequeña —suspiró—. ¿Te acostarías a mi lado para dar calor a esta anciana?

Sin dudar un segundo, la doncella se despojó de sus ropas, y dejando la capa roja en el suelo extrajo el ungüento y se aproximó al lecho.

—Hazte a un lado, anciana, y te aplicaré el bálsamo que traigo, y te daré calor, porque tu voz suena cascada y extraña —dijo.

—Es la enfermedad, hija— respondió el héroe—, que me hace difícil respirar.

—Y tus ojos están también más brillantes de lo normal —dijo la doncella al llegar junto a las mantas bajo las que se ocultaba el héroe.

—Es la fiebre, hija —repuso este—, que me hace sudar y llorar.

La doncella entró bajo las mantas, y comenzó a aplicar el ungüento sobre la piel que envolvía al héroe, y lo aplicó con tanta energía que esta se deslizó ligeramente, revelando parte del hocico. Desconcertada, la doncella lo observó durante un instante, pero no tuvo tiempo de preguntar por los extraños dientes de la anciana. Desprovista de su lanza, no era oponente para el héroe, que le desgarró la garganta en silencio. Después, se deshizo de la piel de la anciana, y tomó la piel de la doncella, pero esta vez no devoró los restos, sino que los envolvió en la piel que acababa de quitarse y los dejó tapados en el lecho. Finalmente se colocó la capa roja, cogió la lanza y salió apresuradamente.

—Que nadie entre hasta mi regreso —murmuró a los guardias de la puerta, con la cabeza baja y pasando velozmente a su lado. Estos asintieron, y el héroe penetró en el bosque, en dirección a la morada de la madre.

3.

Mi pueblo no sabe qué sucedió después. Algunos dicen que la piel de la doncella era demasiado pequeña, y que se abrió cuando el héroe penetraba en la fortaleza, y fue asesinado por los guardias. Otros mantienen que llegó hasta la madre, pero que a plena luz el disfraz no pudo engañar a la astucia de la más poderosa de las tres reinas, y que allí frente a ella ordenó a sus guardias que los descuartizaran. Los más optimistas llegan a afirmar que realmente logró matar a la madre, pero a esto los más realistas añaden que debió ser inútil. Otra madre la reemplazó, y otra anciana, y otra doncella.

El bosque fue destruido, y el vacío ocupó su lugar. Mi pueblo se dispersó, y jamás volvió a poseer nada. Después otros humanos distintos llegaron desde el vacío y acabaron a su vez con las reinas y su gente, ocupando su lugar y creando un vacío quizás más cruel. Eso no nos consuela. El bosque fue, y nunca volverá a ser.

Esa es la historia. Como fue. Como la recordamos. Ahora bien, vosotros podéis seguir contándola tal y como os la enseñaron. Aunque eso no la hará más cierta.

J. Cuadra. (c)

Alhaurín de la Torre, Septiembre 2013,

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