De cruces y atropellos (te odio, Neil Gaiman)

Leer y escribir no siempre son tareas simultáneas. A veces lees y aprendes. A veces lees y aprendes lo que no debes hacer. A veces lees y te sorprendes ante cosas que nunca se te habría ocurrido hacer. En general, con ese poco tiempo que se vuelve endémico, yo leo para divertirme, pero como escribir también me divierte si hay que poner ambas cosas en la balanza gana escribir (recordemos, un cerdo que no vuela es sólo un cerdo). Y a veces, cuando lees, dices “Mierda”. Porque hasta la idea más original puede surgir en dos mentes. Y el “Mierda” pasa a ser “MIERDA” si la otra mente es mucho más famosa y grande que la tuya. Estoy hablando de Sombra, por supuesto, y de American Gods. Hagamos historia entonces:

Hasta el perro de Neil Gaiman mola más que yo. Y que tú. Aceptémoslo.
Hasta el perro de Neil Gaiman mola más que yo. Y que tú. Aceptémoslo.

Todo empezó en esa época en la que yo no tenía ánimos para escribir novelas, y acumulaba notas y apuntes y relatos a medio hacer. Y surgió el mago con tendencia a evitar los problemas (en esa época mago detective, tendré que leer algo de Dresden algún día) y la joven prostituta en un burdel atípico. En esa época tenían otros nombres. Eran Willow y Wyatt. Porque el fonosimbolismo era importante, porque tenían que sonar parecidos. La historia se transformó. Resultó que ese burdel no estaba solo, sino que estaba en la Ciudad (que entonces tenía forma de estrella de cinco puntas), y los nombres cambiaron. Así que Willow pasó a ser Sauce, que es un nombre hermoso. Y como había que conservar el fonosimbolismo, como tenían que seguir sonando parecidos, Wyatt pasó a ser Sombra. Sombra y Sauce. Y así llamé a mi blog, el personal, el que empezó en blogger en 2007 (tampoco hace falta que vayáis ahí a buscar cosas perdidas, todo se importó al blog actual en WordPress), sin tener claro dónde ni cuando cobrarían sentido esos dos nombres, pero sabiendo que acabarían apareciendo.

Y entonces me compro American Gods. Y lo abro.

American Gods-r

Y me llevan los demonios. Porque Sombra y Sauce van unidos. Porque no puede ser ningún otro nombre. Porque llevo tanto tiempo con esos personajes en mi cabeza, que no estoy dispuesto a cambiar algo tan esencial como la forma de llamarlos. Así que no pasa nada. Respiro hondo, y sigo con mi vida. Unos años después empecé a escribir El Libro de Ivo, ignorando ese elefante en la sala, sutilmente. Pero en El Libro de Sombra hay un guiño, inevitable. Sí, sé que ya hay un Sombra, gracias, señor Gaiman. Pero no me importa. Porque no tienen nada que ver. Porque soy muy cabezota.

Quedan dos libros por delante. Espero que no haya más cruces con atropello. Sin rencores.

🙂

J.

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