Comparaciones odiosas

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No sé si soy muy exigente. No sé si soy de gustos muy refinados. No sé si es que ya he leído demasiado. O si simplemente es porque los veo sin prejuicios. Pero tengo la sensación de que he leído demasiados superventas de malos escritores. Muchísimos si unimos los malos escritores con los escritores mediocres.

Voy a poner un ejemplo sencillo: El Señor de los Anillos a priori no es un libro bien escrito. No es proporcionado. Está estructurado de forma rara, con esa división tan curiosa de los libros 5 y 6, todo ese rato con Frodo y Sam. Y sin embargo es un libro genial. Tolkien hace un libro raro, y le queda bien. Por su parte, el libro 4 de Canción de Hielo y Fuego es puro relleno. Un montón de personajes secundarios que (como ya has leído tres libros antes) presupones que no van a llegar a nada importante o van a morir (que será lo más probable). Y en ese sentido no decepciona. O decepciona porque no decepciona. Y claro, con el libro 5, como cronológicamente es simultáneo al 4, aunque los personajes nos interesen un poco más, la historia no avanza. A mí eso me parece una buena forma de ir matando una saga poco a poco. Igual que el final de American Gods me parece un tremendo anticlímax. O que los finales de Stephen King, así como norma general, son insatisfactorios. Y eso si hablo de grande escritores que me gustan y respeto, y de los que aprendo muchísimo con cada novela.

Si me pusiese a hablar de la saga Crepúsculo, o de la Saga de los Distritos (Los Juegos del Hambre), o saliéndome de mis géneros de El Código Da Vinci empezaría a echar sapos y culebras por la boca (como suele suceder en clase, y mis alumnos se rasgan las vestiduras). Ahora estoy leyéndome una de las lecturas obligatorias que hemos mandado este curso. Me parece un libro que no es bueno. Ni en su género ni en general. No es terriblemente malo, pero no es bueno. Hace mezclas raras, no es original, hay cosas que me irritan mucho (la etimología. Las etimologías absurdas me desesperan). Lo cual me hace pensar que gran parte de la culpa de que a muchos jóvenes no les guste la lectura es que les obligamos a leer libros malos. O que no les interesan. O malos y que no les interesan. Así que aquí estoy, leyendo un libro de una autora conocida, tremendamente leída, premiada, y que de momento (llevo un tercio del libro) me parece regular. Siendo generoso.

¿Solución? No la hay. El fenómeno fan existe en literatura también. Leemos, compramos los libros de los autores que se conocen, que nos han gustado una vez. Y los lectores jóvenes, que son los que han leído menos, son los menos críticos, y encumbran a la mediocridad literaria o lo absurdo directamente. Y hay libros buenos se quedan sin leer. Que se pierden en el tiempo. Porque no son adecuados, porque no son conocidos, porque son muy de adultos.

Afortunadamente, de vez en cuando encuentro libros que me encantan, que me hacen recuperar la esperanza en la masa de lectores y en ciertas formas de escribir. Después de Crepúsculos y Juegos del Hambre varios ya me había hecho a la idea de que la narrativa en primera persona era el refugio de la simpleza y la mediocridad, la excusa para no crear mundos completos ni tramas globales. Hasta que este verano el señor Murakami me convención totalmente de lo contrario con Norwegian Wood. Que es sin lugar a dudas uno de los libros más hermosos que he leído nunca (y como comentaba uno de mis alumnos cuando lo explicaba en clase, “si lo dice Juan, tiene que ser verdad”).

J.

PD: “Pues si puedes escribir algo mejor, ¿por qué no lo haces?” En ello estoy, pero que haga un libro mejor no quiere decir ni que se publique ni que lleguéis a verlo, porque eso no depende necesariamente de la calidad. Escribir es una vocación, una pasión. Publicar es un negocio, y eso no puede olvidarse.

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